Terminé de trabajar. Estaba scrolleando sin pensar demasiado, cuando de pronto algo me golpeó suave, como una ola tibia:
me di cuenta de algo.
Quizás no tenga mucho sentido que me dé cuenta ahora, porque ya estaba implícito…
pero tal vez te sirva.
Las expectativas son solo mías.
Y sí, ya lo sabemos, pensarás.
Pero… ¿de verdad lo sabemos?
¿O solo lo repetimos como un mantra que nunca baja del todo al cuerpo?
Durante mucho tiempo sostuve un rol:
el de la que puede hacerlo todo, perfecto, como se debe.
Pero, ¿según quién?
¿Quién escribió ese manual invisible que seguimos sin cuestionar?
Me di cuenta de algo aún más profundo:
ni siquiera eran las expectativas del otro.
Eran lo que yo creía que el otro esperaba de mí.
Un espejismo.
Una construcción mental tan real como pesada.
El otro tal vez nunca lo pensó.
Tal vez ni lo notaba.
Tal vez… ni le importaba.
Y sin embargo, yo me esforzaba por encajar en algo que no existía fuera de mi cabeza.
Eso fue lo que más me dolió… y lo que más me liberó.
Entonces pensé:
¿Qué pasa si solo hago lo que yo quiero?
Si me dedico a ser mi mejor versión según mi propio corazón…
¿A quién le importa?
Ahí entendí.
Lo único verdaderamente valioso no es cumplir con lo que se espera,
sino vivir lo más alineada posible a mi verdad.
Y esa verdad cambia, se transforma, crece conmigo.
No es una jaula, es un río.
Y no tengo por qué pedir permiso para nadarlo.
El perchero ajeno
Imaginá que desde que naciste te paran frente a un perchero enorme.
Cada persona que pasa, tu mamá, tu papá, tus maestras, la sociedad, las parejas, la religión, la cultura, va colgando ahí un abrigo.
Algunos son pesados, otros brillan, otros están pasados de moda,
pero todos vienen con una etiqueta que dice:
“Así deberías ser.”
Crecés creyendo que ese perchero es tuyo.
Te ponés los abrigos aunque te aprieten, aunque te pesen, aunque te den calor en verano.
Pero un día, frente al espejo, te preguntás:
¿quién eligió todo esto?
Y ahí lo ves: muchos de esos abrigos ni siquiera fueron pedidos por otros.
Fueron ideas que vos asumiste como verdades.
Ropa que te colgaste por miedo, por amor, por costumbre… sin revisar la talla.
Y entendés que es hora de armar tu propio perchero.
Vacío primero.
Ligero después.
Uno donde colgar tu verdad, no la de los demás.
Porque las expectativas son eso: ropa prestada por nadie, cargada por vos.
Y no hay nada más hermoso que vestirse con lo que realmente te calza el alma.
¿Cuántas de tus metas realmente te pertenecen… y cuántas son solo trajes de lo que creíste que otros esperaban de vos?